DEL ROSTRO DE PIEDRA AL ROSTRO DE LA VIDA Y EL AMOR Jn 2, 13-22 Domingo XXXII Tiempo Ordinario (Ciclo C) LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN
DEL ROSTRO DE PIEDRA AL ROSTRO DE LA VIDA Y EL AMOR
Jn 2, 13-22
Domingo XXXII Tiempo Ordinario (Ciclo C)
LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN
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| Luis Fernando Castro Teólogo PUJ |
Somos muy dados a dejarnos admirar y sorprender por las grandes edificaciones y maravillas que se han construido alrededor del mundo, edificaciones hechas en piedra, en cementos y en arena o en otros casos con materiales novedosos que resplandecen, facilitando perduración en el tiempo, técnicas que combinan estética, funcionalidad y creatividad, inspirando y transformando los entornos. Los grandes edificios icónicos, algunos llegan a ser patrimonio cultural en el mundo; otros sencillamente llaman la atención, despertando admiración porque redefine horizontes y revitalizan ciudades, dejando un legado a través de sus diseños innovadores y de su impacto visual que genera en las personas y en la imágenes que hoy usamos. Esto que es maravilloso muchas veces opaca lo que somos nosotros olvidando que la mayor y la más grande edificación que se ha creado como catedral somos nosotros mismos, un lugar hecho con muchos detalles donde le arte y la técnica se mezclan para que el resultado sea cuidado y admirado en nuestra vida. A la luz de la Palabra de Dios, Jesús subiendo a Jerusalén expulsa a los vendedores del Templo de Jerusalén, denunciando el abuso comercial en la Casa de Dios. Los judíos exigen una señal frente a las acciones del Maestro, mientras él responde profetizando su resurrección, hablando del Santuario de su cuerpo. Veamos:
1. Estamos celebrando el aniversario de la Dedicación a la Basílica de Letrán o también llamada del Divino Salvador en la ciudad de Roma. Se trata de un templo, de una catedral, sede episcopal del Papa, que por razones históricas ha sido llamado, "madre y cabeza de todas las iglesias". Esta basílica está dedicada a Cristo Salvador, pero lleva el nombre de dos Juanes que nosotros conocemos: San Juan Bautista y San Juan Evangelista. Es la iglesia más antigua de Roma, su importancia, sin embargo, no radica en esta apreciación, sino en ser símbolo de unidad y universalidad en la iglesia. Cuando nos referimos a hablar sobre el templo aludimos casi siempre a un signo visible de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Un signo que no agota ni encierra la presencia de Dios porque Él es inabarcable, Dios es trascendente (cf. Ez 47, 1-12). Por eso, aunque el signo del templo muestre fidelidad, presencia y amor de Dios, también es relevante ahondar un poco más en este signo que ha estado en toda la historia de la salvación, desde el caminar del pueblo por el desierto, donde la "tienda del encuentro" y posteriormente el templo de Jerusalén fueron signos de la presencia y de la fidelidad de Dios.
2. Sin embargo, el nuevo templo de la alianza, de la comunión con Dios no está hecho de piedra, varilla, cemento y arena. El nuevo templo es una persona: Jesús y, por eso, el Maestro habla del templo de su cuerpo (vv. 21) en el que se adora al Padre en espíritu y verdad (cf. Jn 4, 23-24). Desde este sentido, ver a Jesús subiendo a Jerusalén, cercano a la Pascua de los judíos (vv. 1), expulsando a los vendedores del Templo de Jerusalén es una acción que para algunos es negativa porque existe la tentación de hacer de Dios una mercancía; pero que al mismo tiempo nos facilita observar desde una mirada positiva el reaprender con el Maestro la manera que se construye una verdadera relación con Dios. El tema del templo es el centro de la discusión y de la atención que florece entre el Maestro y la comunidad judía. El Templo de Jerusalén bien organizado desde el sentido de compra venta, de banco para cambiar las monedas se convertía en un pilar de economía; pero Jesús entrando a Jerusalén observa estas acciones y reacciona de manera negativa, rechazando lo que se hacía en el templo (vv. 14) y, haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo (vv. 15).
3. La gente que estaba en el Templo de Jerusalén y en sus alrededores frente a la acción fuerte y negativa de Jesús quedan confundidos. Por una parte los discípulos intentan interpretar lo que está haciendo el Maestro (vv.17); pero es el mismo Jesús que va a dar la explicación dando un anuncio profético: destruid este santuario y en tres días lo levantaré (vv. 19). Los discípulos recuerdan en este hecho del Maestro las palabras del salmo 69, 9: el celo por tu casa me devorará. Vale notar que las palabras de Jesús de reconstruir el templo en tres días tiene un doble movimiento: deconstrucción y reconstrucción del templo, es decir el cuerpo de Jesús muerto y resucitado será el nuevo templo destruido y reconstruido. El Templo de Jerusalén era una construcción enorme; pero la presencia de Jesús deja todo de manera distinta, cambiando las circunstancias, dejando todo en el suelo, incluso las monedas, desenmascarando al dios dinero que quería comprar a Dios. La casa de Dios se había convertido en una casa de mercado (emporio) de la fe: Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado (vv. 16). Dios no es un objeto que se pueda comprar y vender porque se ofende el amor. La religión no es para hacer lucros ni ganancias. De esta manera, las acciones y las palabras de Jesús son un denuncio profético contra el sometimiento de Dios en la ley decadente del comercio: se daba a Dios algo para que Dios lo devolviera en bendición, eximiéndose de responsabilidades y compromisos.
4. Dios es amor, y el amor no se compra ni se vende, tampoco es un chantaje. La visión mercantilista de algunas personas muchas veces cosifican no sólo a Dios, sino también a las personas, aprovechándose de la ignorancia o del poco conocimiento que aquellos puedan tener, incluso se aprovechas de sus creencias y de su fe. Esto no es recomendable porque daña y quiebra relaciones. En realidad esta fiesta que se celebramos hoy es una fiesta de comunión porque al celebrar la dedicación de la Basílica de Letrán no estamos celebrando un templo de piedra, sino la gran casa de Dios, la cual ha elido para habitar y para hacer morada. Estamos, entonces hablando de los seres humanos como morada, como tienda, y como tierra donde se edifica su iglesia. En este sentido, pasamos de la gracia de los muros y de las piedras a la gracia maravillosa de los rostros santos porque todos nosotros somos el templo de Dios que él mismo habita, cuida, buscando que camine en su libertad (cf. 2Cor 3,17), lejos de manipulaciones y de chantajes que pretendan destruirlo o esclavizarlo. Es en nosotros donde se manifiesta la presencia de Dios y en su nombre se realiza la verdadera adoración.
5. El segundo movimiento que nos revela Jesús con su explicación es la reconstrucción del Templo: destruid este santuario y en tres días lo levantaré (vv. 19). Los gestos de Jesús al principio parece que no tuvieron consecuencias porque las monedas y todo lo que el Maestro había volteado, fue vuelto a recoger; pero en realidad lo que se quería explicar era mucho más profundo porque se estaba hablando era del cuerpo de Jesús. Por eso, el narrador subraya: ...pero él hablaba del Santuario de su cuerpo (vv. 21), el Naos, el espacio pequeño donde se manifestaba la presencia de Dios. Esto era lo central más allá de las edificaciones y de las compras y ventas. Si lo decimos de otra manera cómo marca Dios su presencia en medio de nosotros a partir de su hijo Jesús. Dios plantó su tienda, hizo morada en nosotros (cf. Jn 1, 14; 14,23), o sea que nosotros somos el cuerpo donde Dios se entrega, se da, pues tanto amó Dios al mundo que nos ha dado a su hijo (cf. Jn 3, 16). Esta entrega se ha dado hasta el extremo donde Dios a abrazado a todos los seres humanos. Nadie queda excluido, recomenzando una potente resurrección. Por eso, el movimiento del ser humano en su cuerpo se mueve entre destrucción y resurrección continúa, negar este dinamismo es negar la vida.
6. Dios siempre estará en un cuerpo vivo y en camino. Mirar al otro es hacer visible un templo sagrado de Dios, donde nos damos cuenta que todos estamos caminando en una única catedral de vida, porque todos somos un único cielo donde habita y mora la presencia poderosa, admirable y maravillosa de Dios para ser colaboradores y campo que edifique el amor de Dios (cf. .1 Cor 3, 9c-11. 16-17). Somos el santuario de Dios en el que nada ni nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto por Jesucristo. Por eso, todo sistema de control, todo espacio represivo y sacrificial que atente contra el cuerpo es una negación de la vida, del amor, de Dios. Entonces, cuando celebramos la dedicación o la consagración de una catedral o de un templo, no sólo estamos celebrando o recordando la belleza de la construcción sino al templo vivo que es Cristo, poniéndonos en sintonía de unidad y de comunión con quienes compartimos el caminar de nuestra vida. Un templo signo de personas acompañadas y amadas por Dios; personas santas que asumimos responsabilidad y compromisos, con un proyecto de vida caracterizado por el amor, llamados a vivir de una manera consagrada, dedicados a Dios (cf. 1Cor 3,9), como una gran familia en el que cada uno desde su vida, su profesión, su quehacer cotidiano responde a la misión, de forma constante y con responsabilidad.
7. Esta visión de Jesús da una nueva visión al culto, al templo y al cuerpo. Tres realidades que van de la mano, se juntan. Todo cuerpo del ser humano es un templo divino asumido en el cuerpo de Cristo. Es el verdadero templo de Dios, en el que todos como cuerpo, como templo, transparentamos, dejamos ver el rostro sorprendente de Dios, ofreciendo nuestra vida al Padre, como Jesús la ofrece constantemente por nosotros. Es por este cuerpo que el Maestro expresa su celo, un tempo hecho de carne, el templo de todo ser humano, donde el resto es decoración. Nada vale más que la vida, nada pide más que nuestro celo porque sólo con la presencia de Dios, él ha trasmitido en nosotros su vida y, así como el templo busca parecerse a una casa del cielo, asimismo el ser humano que se reúne debe parecerse en las acciones, en el pensamientos, en el amor de su Padre. Somos casa de Dios que construimos con libertad nuestra esperanza. Comprendemos, entonces que el templo no es para encerrarse en nosotros mismos, sino para darnos en todos los sentidos y dimensiones de la tierra, actuando como ríos caudalosos que fecundan los desiertos (cf. Ez 47, 1- 12), generando vida abundante para todos, mostrando que la presencia de Dios está con nosotros.
8. Es así, como vemos a un Jesús entrando como peregrino desconocido a Jerusalén con un látigo en su mano, reaccionando e interviniendo frente a las acciones de unas personas que no estaban actuando a la manera del Padre, pues él acoge a todos sus hijos en un mismo lugar, quitando todo aquello que está ocupando el puesto de Dios. El sentido del templo no es coherente con las acciones de los mercaderes o para vivir de una manera cómoda sino para mostrar que la presencia de Dios lo da todo y sin medida. De ahí, que echar afuera a los mercaderes y vendedores de la fe es sacar lo que nos decora y nos impide tener un verdadero encuentro con Dios, una relación cercana, profunda e íntima. Las acciones de vida, de amor, de alabanza y de alimento de vida compartida son la manera de permanecer fielmente y hasta el final una relación profunda con Dios, acogiendo y siendo canal, rostro del amor de Dios.
9. En resumen, Todos nosotros como seres humanos, somos el Templo Vivo de Dios, comprendiendo que en cada persona existe un lugar santo y sagrado porque se tiene una vida admirable donde habita Dios para que todos juntos construyamos y reconstruyamos no sólo una relación con nosotros mismos, sino además, una catedral de vida unida en el amor y en la misión de generar y hacer presencia de la vida; una vida que se nos ha dado hasta el extremo y con gran generosidad, para que superemos el rostro de piedra y lleguemos a ser el rostro de la vida y del amor para muchas personas siendo colaboradores incansables del Padre.
Luis Fernando Castro P.
Teólogo- Magister en Familia
@parraluisferf
luisferflormaria@yahoo.es

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